lunes, 6 de octubre de 2008

Para que lean...

Nunca voy a olvidar una historia que oí hace algunos años, relacionada con la fe de Dios. Me la contó W. T. Gaston, quien era joven y dirigente en el avivamiento de aquellos días, y como tal, fue testigo ocular del suceso.

En aquel tiempo los grupos evangelísticos pietistas tenían la costumbre de que sus reuniones fueran enramadas hechas ex profeso. Se clavaban palos en la tierra, luego se tiraban alambres de un palo a otro para formar una red sobre la cual se ponían ramas que daban sombra durante el día, y cubrían del rocío durante la noche. Se clavaban tablas para sentarse al descampado y los adoradores se reunían mañana, tarde y noche. No era extraño para ellos llevar pequeñas tiendas de campaña para protegerse, y catres para dormir y poder permanecer allí hasta la hora que quisieran en cultos de oración.

En una de tales reuniones, uno de los dirigentes fue a su cama a descansar. Había estado ayunando durante diez días, y en el sopor provocado por el calor tuvo una visión.

En ella estaba de pie en el Monte de los Olivos, detrás de una gran multitud. Apenas podía ver por sobre las cabezas de la gente. Reinaba una total quietud, tan completa que ni siquiera se oía el ruido de los pies al caminar. De pronto vio la cabeza de un hombre que se destacaba por sobre la multitud. Luego vio los hombros del hombre, y finalmente el torso, y el hombre empezó a elevarse en el aire. Pasmado, siguió mirando hasta que Jesús desapareció tras una pequeña nube.
En visión estaba viendo la ascensión de Cristo.

De repente fue transportado a un lugar celestial donde vio a ángeles que venían al encuentro del Hijo de Dios. A medida que los ángeles se acercaban, oyó a uno preguntar:

– Maestro, ¿cómo van las cosas por la Tierra?
– Los hombres se salvarán –fue la respuesta.

Jesús entonces alzó sus manos, y los ángeles vieron las cicatrices en sus manos, pies y costado.
Debido a que los ángeles son espíritus ministradores, preguntaron otra vez:

– ¿Pero cómo sabrán los hombres que pueden ser salvos?
– Yo he comisionado a mis discípulos para que prediquen las buenas nuevas en todo el mundo –fue la respuesta.

Los ángeles se regocijaron, pero todavía un poco preocupados, volvieron a preguntar:

– ¿Pero qué pasará si no lo hacen?
– No tengo otro plan –fue la simple respuesta de Jesús.

Aquella era una visión, no palabra santa. Fue la experiencia de alguien en la intensidad del ayuno. Pero fíjese en lo que se dijo: Dios puso su fe en la humanidad. ¡Dios ha confiado en usted!


Tomado del libro: Hombres fuertes en tiempos difíciles de Editorial Betania

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